Déjame a mí, que tú no sabes
Autor: Rafael Martín

Seguro que esta frase nos suena a todos: «Tú no sabes hacer eso; déjame a mí, que yo lo hago mejor. Tú no tienes ni idea, yo lo hago». Y luego, cuando vienen mal dadas, aparecen las excusas y el modo ventilador para repartir las culpas: que si tú no me dijiste, que si la otra persona no me ha dejado o no me ha dado información, que si otros no colaboran…
Da igual. El caso es que aquello que se iba a arreglar gracias a la intervención de aquel no se ha podido hacer.
Esa misma sensación tengo yo con Doñana. El pueblo de Almonte, los habitantes de Doñana, han mantenido este humedal desde hace siglos, haciendo lo que el sentido común mandaba.
No existían planes de aprovechamiento, planes sectoriales, PRUG ni PORN. Las cosas había que hacerlas porque querían y adoraban su tierra; era su fuente de alimentos. Rozaban, limpiaban los arroyos, quitaban el monte seco y arrancaban una mata o la cortaban según se sabía que era lo mejor para que al año siguiente hubiera mucho de esto o de aquello.
Sacaban el ganado y volvían a meterlo. Bien es cierto que no había un concepto de ecologismo, pero no hacía falta: el sentido común, la tradición y el saber de los mayores eran suficientes, y aquello funcionaba.
Hay muchos textos escritos que hablan de la riqueza de Doñana. Desde el Libro de las Monterías o la bien documentada visita del rey Felipe IV en el siglo XVII hasta, más cerca en el tiempo, la expedición de Abel Chapman junto a J. Buck, quienes describieron en su libro Wild Spain nuestra tierra de finales del siglo XIX.
Guy Monfort nos regaló en 1958 su libro Portrait of a Wilderness, resumen de sus tres expediciones a Doñana entre 1955 y 1957. En estas obras se dejó constancia de la cantidad de especies de aves y plantas, así como de la diferente fauna que aparecía en este territorio: todo un inventario.
Poco antes de que Guy Monfort apareciera por estos parajes, tomó tierra en Doñana un personaje que se enamoró de nuestra tierra: José Antonio Valverde, quien consiguió que la dictadura no acabara con este paisaje.
La expedición de Doñana había confirmado que este territorio era un refugio de aves que, durante sus migraciones, viajaban desde el norte de Europa hasta estas tierras para llegar después a África. Otras huían del calor africano y se refugiaban aquí para pasar el verano.
Todo un baile de especies buscando sustento durante los meses más duros en sus hábitats de origen. Ese fue el germen de la protección de Doñana.
Hasta ese momento, parecía que Doñana estaba bien. Tenemos evidencias escritas de autores extranjeros, pero también los testimonios de nuestros mayores, que lo corroboran contando cómo estaba entonces.
No faltaba el conejo y, por lo tanto, tampoco sus depredadores: el lince, el águila imperial, el zorro e incluso el lobo, que a su vez controlaban la herbivoría. Lo que no regulaban estos depredadores lo regulaba la caza. Sí, la caza bien entendida como forma de regular especies. ¿Hay algo más ecologista que un buen cazador?
Y llegó el momento de «proteger» Doñana. La Administración comenzó a sustituir a las gentes propias del territorio. Comenzaron los estudios, las leyes de protección y llegó el ICONA.
Es cierto que también aumentaban las amenazas y que era necesaria esa protección, pero, a mi parecer, la amenaza no procedía de sus gentes.
Seguramente, el crecimiento desmedido, la construcción y la intención de poner en valor las tierras —entendiendo que poner en valor era quitar lo que había para sustituirlo por algo que produjera más dinero— eran nubarrones que se cernían sobre este paraje. Había que blindarlo.
Aquí aparece el «déjame a mí, que tú no sabes».
Comenzaron las restricciones y aquel o aquella que habitaba en Doñana tuvo que marcharse y abandonar su casa. Las labores del campo se dejaron de hacer y todo comenzó a crecer sin control alguno.
Pesamos, medimos y controlamos los huevos del águila imperial o del milano negro. Levantamos un muro que aísla la marisma del río o cambiamos el cauce del Guadiamar para proteger. Hacemos y hacemos: «Déjame a mí, que tú no sabes».
Pero ¿protegerla de qué o de quién? Seguro que no de sus habitantes.
Ya lo decía el insigne Félix Rodríguez de la Fuente: «Cuántas historias se pueden aprender en esas empíricas experiencias de los hombres del campo».
No sé si todavía estamos a tiempo, pero hago un llamamiento a la Administración para que se acuerde de los habitantes de Doñana; para que los proteja a ellos y a ellas, al igual que tiene la buena intención de proteger otros aspectos.
Porque Almonte es Doñana y Doñana es Almonte.
