Valor seguro
Por Victoria Guitart
Mientras el mundo pende de un hilo por la falta de liderazgo, de estrategias, de cordura y de humanismo ante las sucesivas crisis sanitarias, humanitarias, ideológicas y económicas, me reconforta saber que existe un valor seguro en el que siempre habrá refugio, un valor libre de aranceles, un valor que siempre irá al alza: el valor de las mujeres.
Una de las ventajas de tener 60 años o muchos más es que gozas de la perspectiva para distinguir lo importante de todo aquello que solo ofrece ruido y distorsión.
Son precisamente esas mujeres maduras las que han sostenido el mundo y las que nos han traído hasta aquí para continuar su obra, pero dotándonos de mejores herramientas.
Son ellas las que han mostrado un carácter indestructible y una resiliencia incontestable, pese a los márgenes tan estrechos de los que partían.
Estas mujeres son células que vertebran su entorno, y son multifacéticas y polihabilidosas. Madres, abuelas, tías, hermanas, hijas… cuyo origen se ceñía al ámbito doméstico y al mundo del cuidado y, en algunos casos, a trabajos eventuales de escasa cualificación.
Y así fueron aportando a sus familias un silencioso valor añadido, creando equilibrio y condiciones para permitirnos a sus seguidoras estudiar, formarnos y profesionalizarnos.
Existe en esa cohorte de mujeres un denominador común, y es la conquista del espacio social, ocupacional, terapéutico… más allá de la casa, más allá del angosto guion de las obligaciones familiares.
Ser, crecer, aprender, compartir, encontrarse con los demás son verbos que ahora expresan con naturalidad. Huyendo de la invisibilidad de siglos, han aprendido a concederse espacios propios.
Mujeres que, a diferencia de los hombres, no se jubilan porque sienten que no pueden parar sin que su entorno se vea seriamente perjudicado. Y, pese a la presión que supone sentirse necesarias —cuando no imprescindibles—, te muestran una sonrisa y buscan tiempo para participar en actividades y eventos.
Son divas anónimas que nos han parido, criado, alimentado, educado, sostenido y soportado. Son las auténticas creadoras de progreso social.
Se da la circunstancia de que muchas de esas mujeres cuidan ya, o gestionan el cuidado de sus padres, pero también siguen teniendo hijos a los que terminar de colocar, apoyar, situar, ubicar y amparar.
Siempre dispuestas a echar una mano, y a echar un puñado —o dos— de más en la olla, a cuidar a los nietos, a ponerte una tirita en la herida o en el corazón, o donde haga falta.
Creo que esta fabulosa evolución merece que su esfuerzo se vea reconocido pública y privadamente. Todavía están aprendiendo a poner límites, a exigir respeto, gratitud y amor.
Sinceramente, creo que se tiene derecho a exigir un poco de lo que se ha estado regalando a raudales.
Se necesita mucha madurez, mucha valentía, y los hombres necesitan mucha hombría para apreciar y agradecer todos los superpoderes que ellas han desarrollado para hacer que la vida conserve su sentido y, a la vez, ubicarse en la sociedad.
Así que, queridas reinas, diosas y hadas, gracias por todo y por tanto.
